Valle de la Calma

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#1
VALLE DE LA CALMA
Por: Angel David Revilla (DROSS ROTZANK)

“El universo está controlado por leyes invariables”
Reverendo John J. Nicola

“Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti”
Friedrich Nietzsche

Dedicado a Rogelio Salazar y Alexei J. Ahumeniy... quienes me hacen pensar que a veces los amigos salen de donde menos te lo esperas.

PRÓLOGO


El hospital San Niño fue construido el 16 de julio del año 1860.
Aunque se disputó mucho, ninguno de los doce arquitectos que trabajaron en el proyecto (que tardó casi una década en completarse) se pudo adjudicar la autoría definitiva de la obra. El interés de estos hombres por ser reconocidos estaba justificado; el San Niño, con una capacidad para atender a dos mil pacientes, sería el hospital más grande jamás construido no sólo en Argentina, sino en todo el sur del continente.
Fue el último de los arquitectos, un inglés llamado sir Jonnathan Changstein, quien sin embargo tuvo el honor de recibir el mérito, y también el de colocar el nombre que llevaron las instalaciones hasta el último día de su existencia.
Su construcción costó una fortuna a la Confederación liderada por Justo José de Urquiza quien, tras el sangriento combate de Cepeda y con miras a los últimos desenlaces de la guerra civil que eclipsaría la batalla de Pavón, consideró pertinente la edificación de un lugar estratégico al sur para atender y retirar a los soldados heridos, que se contaban por miles.
Para 1900, cuando ya la Argentina era una república consagrada, el San Niño corrió peligro de ser clausurado debido a los altos costos de su mantenimiento; no en balde, ante el equipamiento y personal que exigiría cualquier otro hospital en grandes ciudades como Buenos Aires, el San Niño los duplicaba y a veces triplicaba. Era, en palabras de un ministro retirado del gobierno de Pellegrini, “un engendro”.
Para los años que corrían, los titanes que no pertenecían a la clásica Europa estaban ávidos por mostrar al mundo su formidable poderío, preludio a un nuevo orden mundial que no tardaría muchos años en instaurarse, y para ello se valían de un presumido desfile monetario llevado a la palestra con tanto ahínco como si del tamaño de cierta cosa se tratara: no querían cerrar al San Niño, pues se trataba de un baluarte que representaba, con su enormidad, el tamaño del octavo país más grande del mundo.
Pero no por ello iban a dejar de hacerlo de manera inteligente, una inteligencia que envidiarían muchos políticos de la Argentina moderna: no convertirían al San Niño en una ladilla gigante (qué peor pesadilla) así que al cabo de poco tiempo, se les ocurrió una mejor idea: gracias a su ubicación tan retirada de cualquier ciudad, -citando textualmente- “en el medio de la nada” el lugar sería un excelente centro de retiro (o pozo con candado) para burgueses de toda índole y/o sus numerosas ovejas negras.
El propósito era estar alejados del mundo y, más importante aún (sobre todo en años consecuentes, cuando Hearst y Pulitzer se debatían el dudoso honor de haber convertido al periodismo en un arma de destrucción masiva con el amarillismo) de escándalos.
La idea funcionó tan bien que unos pocos acaudalados no sólo sacaron al San Niño de los números rojos, sino que además decidieron que había que expandir la idea con un proyecto más interesante aún: crear un centro psiquiátrico, donde podía dejarse a las antiguas leyendas de la política (adentro y fuera del país), la milicia, uno que otro refugiado nazi y los grandes burgueses envejecer dignamente, sin exponer su senilidad.
El psiquiátrico, el cual fue construido paralelo al hospital, tomó apenas tres años en completarse. La idea, en esta ocasión, sería simple: un edificio idéntico al primero.
Se suponía que los costos del psiquiátrico serían mucho más bajos en esta oportunidad, porque al principio no era más que una extensión vacía del primer edificio. Sin embargo, eso cambiaría con el tiempo, cuando la primera estrella de cine escondiera a su hijo hidrocefálico, o la primera cantante italiana a su adolescente drogadicto para protegerlo de los largos brazos de la prensa Europea durante los años sesenta. Ellos fueron los pioneros para empezar a admitir toda clase de pacientes con problemas (siempre y cuando, desde luego, fueran lo suficientemente ricos para pagarlo).
De ese modo, poco a poco, el psiquiátrico se volvió más próspero que el hospital, y se transformó en una pequeña comunidad cerrada que lo tenía todo.
El doctor en jefe, quien tenía a su cargo las dos enormes instalaciones bautizadas bajo el mismo nombre, era para el centro lo que para un portaaviones su almirante.
Su labor médica era incomparable frente al desempeño político y administrativo que el San Niño exigía.
Este puesto recayó sobre los hombros de veintisiete personas, veintiséis de ellos mantuvieron a flote el largo proyecto. Sin embargo, fue el encargado número vigésimo séptimo quien, a partir de la segunda mitad del siglo XX, aumentó de forma exorbitante sus ganancias personales y las del San Niño, hasta cierta temporada, en el que tras salir a la luz una serie de hechos abominables, las instalaciones se clausuraron para siempre.
Esta es la historia de esos últimos años.

PREFACIO
Abraham se despertó por la noche, sintiendo un intenso dolor.
Sus testículos estaban perlados de una extraña humedad, las sábanas a su entorno se hallaban empapadas.
Se sacudió dando manotazos, arrancó todo lo que tenía encima, se cayó por el costado de la cama, y se arrastró hasta el baño. En la oscuridad, palpó la pared durante tanto tiempo que el horror se hacía cada vez más grande en la corteza acalambrada de su cerebro, su mente era una licuadora de cosas malas.

La luz de la bombilla parpadeó, iba y venía cada segundo.
El dolor lo obligó a arquear su cuerpo.
Deslizó una mano dentro de su pijama, y sintió algo caliente y suave en la piel ahí, de donde el dolor venía.
Se llevó los dedos ante la cara, y vio que estaban mojados de sangre.
Gimió y, con la mente desorbitada, colocó las manos alrededor de las cinturas, bajándose lentamente los pantalones, para ver qué cosa había ahí, donde nadie tenía derecho…


I
1


Me desperté esta mañana con un dolor de cabeza tal, que pensé que el cráneo se me iba a partir en pedazos.
Ha estado molestándome desde el primer día que llegué como enfermero suplente, pero hoy (al cuarto día) se ha vuelto poco menos que insoportable.
Cualquiera diría que una de las ventajas de trabajar en un hospital es que se tienen al alcance todos los medicamentos habidos y por haber, entre ellos los que me servirían para aliviar mi jaqueca, sin embargo, nada es tan fácil como parece: soy un enfermero suplente, y creo que el puesto más bajo después del mío vendría a ser el del personal de limpieza.
Si a eso le sumamos que soy nuevo, y que es mi primer empleo desde que puedo recordar (literalmente) entonces todo se resume a que no quiero ser percibido como una molestia para mis jefes.
O más bien “no quise”... cuando despegué la cabeza de mi almohada, imaginé mi cráneo con varias grietas alrededor, abriéndose con el sonido pastoso que hace una muela al despegarse de la encía cuando un dentista la jala con uno de esos alicates... y esa fue la gota que rebasó el vaso. Apelaré a la compasión del médico de guardia.
Mientras me colocaba mi bata de enfermero frente al espejo del baño, reflexioné que el clima aquí en Valle de la Calma es muy diferente al que me tenía acostumbrado Bahía Blanca. De hecho: todo es diferente. No puedo asomarme por la ventana sin sentirme atrapado en una inmensa cúpula de neblina que abarca ese esponjoso campo arbolado.
La temperatura es gélida, la humedad bastante alta, pero la atmósfera y el estado de ánimo imperante son apacibles.
Como sea, es lógico que no se pueda esperar otra cosa de un hospital convencional, y sin embargo, el San Niño no lo es.
En fin, como siempre he querido ser escritor, voy a intentar poner a prueba mis habilidades haciendo el ejercicio de describir cómo es este lugar (quien sabe si en un futuro me inspire a escribir ese proyecto que tanto anhelo).
“Al lado del edificio principal, conectados por un puente en el último piso y una plaza bajo el primero, se halla la segunda edificación, que es igual de larga, con el mismo aspecto colonial, su tejado verde, su sinfín de ventanas adornando la fachada, y sus chimeneas. Una construcción idéntica, sí, pero edificada con otro propósito: es un manicomio.
Claro, que el personal médico del San Niño prefiere llamarlo “casa de reposo” o “retiro”, pero evidentemente, no son más que efímeras sutilezas en pos a resguardar un pudor obtuso, porque a los locos (supongo) las palabras o los tecnicismos no les hacen pupa.
La primera noche esperé escuchar un concierto de gritos, aullidos y reclamos... todo lo que cabe esperar de un manicomio, pero confieso que sólo estaba influenciado mentalmente por un mediocre catálogo de películas de horror y cultura pop: el lugar es muy, muy tranquilo, bastante más que aquí en el hospital (que ya es decir). Visto desde el jardín de afuera, pareciera que las habitaciones tras las ventanas del manicomio estuvieran, incluso, vacías.
Revisando mi rostro frente al espejo, leo la vieja calcomanía envejecida y rota que dice “CUERPO SANO, VIDA FELIZ”, vaya ironía pegar esa cosa en un lugar donde ni siquiera sirven desayuno para el personal.
Pero una vez más me encuentro reflexionando e imponiéndome una suerte de auto-censura... porque al fin y al cabo, este es el mejor empleo que un chico como yo, en mis condiciones, podría llegar a tener.”

2


Abraham Castelblanch cerró su diario personal, marcando la última página escrita con una pluma de gaviota, regalo de una ex – novia (que tenía muy en cuenta su sueño de convertirse en escritor), y se sentó al borde de su cama, dándose un tiempo para meditar, acariciando, con su dedo, los pliegues en el cuero de la tapa.
Visto con sus anteojos, su cabello negro un poco más largo de lo normal, que se derramaba en varias puntas a los lados de su cabeza, Abraham era alguien bien parecido.
Su padre, quien por desgracia cayó y más nunca pudo volver a levantarse, ni económica ni moralmente, le había obsequiado una infancia muy cómoda, pero una madurez difícil, lo que, a la final, resultó más duro que lo otro.
Para cuando su progenitor estaba tan acabado en la vida que siquiera podía mostrarle una erección a su esposa, día en que convirtió su auto en un taxi, los hermanos mayores sabían que tenía que coger cada uno por su lado y salir del nido... no hizo falta que mamá lo aclarase, los cachorros tenían el tacto de un artista.
Así, pues, se acabaron las fiestas, las mujeres, la buena ropa, toda clase de lujo y, lo que era peor, una carrera universitaria cortada por la mitad.
Abraham ya había tenido varios empleos, y a pesar de que le dolía en el corazón, trabajó con el temple de alguien que, más que a sí mismo, le demuestra a los demás que no tiene nada de malo dedicarse a algo siempre que sea digno, por lo que barrió, lavó y levantó mierda de perros. ¿A quién le importaba lo que él estuviera haciendo? A nadie, y si salía el primer ‘putazo’ a decir lo contrario, le iba a partir la cara.
Había pasado por lugares malos en ciudades grandes, bares, pubs, locales inimaginables en calles negras y charcos profundos en los que nunca pensó que iría a poner pie (la falta de dinero patrocina bien ese tipo de aventuras), así que su última escala es en un pueblito que se llama Valle de la Calma, más precisamente el hospital San Niño, donde solicitaban personal para “empleo duradero y con posibilidades de ascenso en poco tiempo”. Aquél parecía ser un lugar bastante mejor que los anteriores…
Se puso de pie y se dio media vuelta, dispuesto a tender la cama. Dejó las almohadas sobre la silla y colocó sus manos abiertas sobre las sábanas, alisándolas, pero se detuvo, pues se fijó en algo extraño; gotas de sangre haciendo circulos pequeños en el medio de la tela.
Su mente fue, poco a poco, recobrando lucidez. Los recuerdos llegaron a su cabeza como un veneno.
Algo había pasado anoche...
Caminó hasta el cuarto de baño, y levantó el bote de basura: adentro estaban amontonados los trozos de papel higiénico manchados de rojo. Había por lo menos seis o siete trozos.
<<¿Mis huevos?>>
Sonaba tan ridículo como gracioso.
<<No hay nada malo con mis huevos>>
Esa mañana se sentía bien, se sentía él... pero algo le decía que se revisara ahí abajo, cuidadosamente.
Exhaló aire, ofuscado, y se desabotonó la bata, dejando al descubierto la hebilla del cinturón. Levantó el extremo de la correa y retiró la perilla del agujerillo.
A continuación, se desabotonó los pantalones... el sonido del zipper le pareció más largo que nunca en la vida.
Su ropa interior no tenía ninguna mancha. Debía recordar el momento en que se los colocó, en la mañana, pero para entonces, su mente estaba lejos de recordar o asociar nada con respecto al episodio de la noche anterior.
La punzada en su mente fue más incómoda todavía, era como sentir que alguien –aparte de él- estaba en la habitación. Es esa presencia calambrosa que a veces se hace tan intensa, que obliga a levantar los ojos o girar la cabeza... la sensación de que no estamos solos. Por lo que, convenciéndose a sí mismo de que aquello no era más que una imbecilidad (pues la enclenque magia de la negación es lo único con lo que se puede amenazar al destino de que no puede hacernos algo malo, inesperado, o jalado por los cabellos), se bajó el calzoncillo, para revisarse.
Pero alguien golpeó la puerta de su cuarto, y lo hizo tan fuerte, que Abraham dio un respingo, y por poco no pegó la cabeza contra el espejo que tenía en frente.
<<Carajo...>>
No iba a posponer algo tan importante como sus testículos sólo porque alguien llamaba la puerta, sería casi como el cliché tonto de una película de terror, por lo que, mientras iba en camino, palpó, al menos, sus partes nobles, en busca de una herida, una roncha, cualquier cosa.
Aparte del tacto suave y delicado, no sintió nada desagradable, salvo sus dedos fríos.
Se abrochó el botón y abrió la puerta.
- Dime qué le dice un niño muerto a otro.
- Buenos días.
- Dime qué le dice un niño muerto a otro.
Abraham se dio media vuelta para coger la llave de la pieza, que reposaba sobre la mesita de noche. El hombre robusto y moreno, de facciones itálicas y ojos verdes y enormes, como los de un sapo, lo miraba con una sonrisa obscena. Su bata de enfermero le confería a su voluminoso estómago el aspecto de un balón.
- Me asustaste.
- Bien, pero dime qué le dice un niño muerto a otro.
- ¿Qué?
- ¿Me das gusanitos?
Contrajo el rostro y se empezó a reír como lo hacía el perro Patán.
Abraham sonrió.
- Dios mío, qué pelotudo puedes llegar a ser.
- Pelotudo pero puntual: tú deberías hacer lo mismo, y me refiero a lo puntual, porque tu ronda empieza en cinco minutos.
Gianluca Siffredo fue el primer (y ciertamente único) amigo que Abraham tenía en el hospital. Al principio, se sorprendió de lo simpático, abierto y bromista que era, de lo fácil que podía sacarle conversación. Sin embargo, en los días posteriores, descubrió que por desgracia consideraba ciertos comentarios antipáticos como bromas de buen gusto, y disfrutaba hacérselo especialmente en frente de otras personas. Esto había hecho que, justo antes de abrirse con sinceridad ante él, Abraham retrocediera unos pasos y se quedara a la mitad del camino entre los comentarios informales y una amistad a medias.
Gianluca Siffredo llevaba ejerciendo tres años en el San Niño, así se lo había comentado durante una cena en el comedor, una noche que hacía un frío de los mil demonios.
Al ser él su suplente, tenía que verlo como una especie de jefe. No se podía llamar de otra manera a una persona que siempre te da algo que hacer.
- Hoy te toca barrer: del primero hasta el último, o del último hasta el primero... como tú quieras. Por cómo van las cosas hoy (aburrido, como siempre) creo que esa será toda tu jornada.
Dicho esto, hizo sonar el manojo de llaves que tenía en la mano, y abrió la puerta de un pequeño compartimento oscuro en el que se hallaban un tobo y un coleto hundido en agua oscura.
Abraham se acomodó los anteojos, el blanqueo mental que él mismo se imponía (ya con bastante práctica) prevenía dejar pasar los pensamientos de tristeza que pudieran saltar entre sus cansadas manos y esos utensilios. A veces se preguntaba por qué el personal de la limpieza no se encargaba de ese trabajo, pero no iba a preguntárselo a Gianluca.
Cuando se inclinó para coger el tobo, el tipo, haciendo uso de su extraordinaria capacidad para humillar (porque ese talento, por desgracia, existe) le sonó el trasero con una nalgada a palma abierta.
- Más te vale que dejes ese piso bien limpio, muñeco.
Abraham se incorporó de inmediato observándolo con los labios apretados, mientras que el otro sacudía la espalda riéndose con esa misma carcajada flemática que venía de dentro de su pecho.
Coleto en mano, decidió salir de ahí antes que un ciego relámpago de ira estallara.
Mientras salía por la puerta doble, oyó a sus espaldas:
- ¿Cuál es la diferencia entre un microondas y el sexo anal?
Sin tener la cortesía de contestarle, pateó la puerta y se alejó.
- ¡Que el microondas te deja la carne roja o negra, pero jamás marrón!

3


Decidió empezar desde el último piso.
La forma como batía el coleto contra el suelo era reflejo de cómo se sentía por dentro. No había imaginado que golpeaba tantas veces a una persona desde que su hermano se la jugó una vez cuando llegó a la casa con el auto de papá chocado, después que éste se lo había confiado a él.
Suspiró, viendo el inmenso pasillo que se abría ante él, provisto de puertas de derecha a izquierda.
Volvió a remojar el coleto. Debía aprovechar que hoy podía salir libre más temprano, pues quería preguntar sobre la posible existencia de algún locutorio en el pueblo; tal vez hacer un par de llamadas lo consolara. Desde ahí, las rendijas de un auricular eran la única puerta al mundo.
No podía quejarse, pues devolverse a casa de su padre no era una opción ni siquiera remotamente cercana. El viejo ya había hecho lo suficiente consiguiéndole un empleo en el San Niño, ya había hecho lo suficiente pagando un boleto en ómnibus para enviarlo hasta allá. Podía trabajar en casa con él, sí, tal vez podría hacerse cargo de unos asuntos aquí y allá, pero él necesitaba dinero, y no tenía el estómago de recibir sueldos de parte de su padre, así como tampoco podía perder la oportunidad de probarle a él –y sobre todo, a sí mismo, porque estar tan lejos de casa era todavía una novedad, después de todo- que podía arreglárselas solo en la vida.
Cuando era más joven, se preguntaba (como esos temas recurrentes que le vienen a los chicos a la cabeza de pronto, sin previo aviso) qué edad se necesitaba tener para saber qué cómo era la vida. Por supuesto, tal pregunta era demasiado ambigua y la raza humana demasiado diversa, por lo que no fue sino hasta llegar a la madurez que se regaló a sí mismo una respuesta: podían haber sujetos de cuarenta años que no tenían la más mínima idea de qué tan dura era la vida, así como ya habían chicos de dieciséis que lo sabían bastante bien.
<<¿Y yo lo sé, después de todo lo que me ha pasado?>>

<<No tengo la menor idea>>
Pero en el fondo, quería saberlo, y quería saberlo porque no deseaba ser susceptible a las malas sorpresas. Abraham consideraba que, a sus veinticuatro años, ya había tenido suficiente de ellas. ¿Qué había gente que la había pasado bastante peor que él? Claro, eso era innegable, porque por eso existían los sujetos con cáncer; pero eso no justificaba que a él debía tratársele como a un punching ball.
La larga cadena de ideas le hizo pensar finalmente en su última relación sexual. Tal vez sí era verdad aquello de que los hombres piensan en sexo cada 11 segundos. Además, había estado tan solo últimamente, ahí, en el sur del “orto del mundo”, como solía pensar, que los pensamientos eróticos habían aumentado bastante.
Y en esta ocasión recordaba a una chica europea que se hallaba en un largo viaje, haciendo escala en Bahía Blanca para luego ir a conocer la Patagonia. Alguien un poco más joven que él, de tez blanca, abdomen plano, cabello negro, y piernas sensuales. El mejor sexo casual que había tenido en su vida, sin dudas, porque además de la disposición de ella de ir directo al grano, congeniaban perfectamente: cada comentario había sido atinado, y cada risa compartida. Le había hecho reflexionar, por un instante, lo cruel que puede ser la vida por colocarnos a las personas más interesantes tan lejos.
La había llevado a su cama, y ahí la desvistió. Sus senos eran pequeños y firmes, podía sentir el contacto de sus pezones duros en la palma de las manos. Ella lo desnudó sin ningún miedo, lo condujo a la cama, y poco después su miembro se estaría deslizando dentro de ella.
Y así, los recuerdos le impidieron darse cuenta que una puerta tras él se abría lentamente, y que de lo oscuro emergía algo pequeño, que empezó a acercársele lentamente…
Se giró bruscamente cuando le pusieron una mano sobre la espalda. Comprobó que era un niño.
Lo que lo sorprendió no fue su cara blanda y lechosa, sus ojeras húmedas, ni su pelo grasiento, sino que tenía los dedos aplastados.
Una mueca de miedo surcó su rostro.
El niño veía con interés su bata, con el índice (el cual parecía la extremidad de un tentáculo) acariciaba uno de los botones, como si fuese un borracho sacudiéndose el pene con una pared.
Su cara tenía dejos de retardo mental. Abraham cayó en cuenta que era sólo un niño, sí, pero tenía todos los accesorios necesarios para atemorizar.
Al verlo a directo a la cara, éste, con la cabeza ladeada y los ojos tan negros como los de un animal, bajó la vista para verse los dedos... y luego volvió a subirla, directo a la cara de Abraham, con mirada interrogativa, con esas que dicen “¿qué estás viendo?”.
<<Dios mío...>>
Sus dedos estaban desprovistos de uñas, y los pliegues de las yemas, en vez de ser acolchados, parecían duros y uniformes, con un alambrado de várices juntándose sobre las puntas.
<<Oh, pero Dios mío... ¿cómo es posible? ¡Qué asco!>>
El chico, una vez más, volvía a observar su malograda extremidad, y luego de vuelta a los ojos de Abraham... el interés que mostraba éste hacia su mano le había provocado angustia, por lo que comenzó a gemir.
Fue el momento en que él también se estaba asustando por darse cuenta de que <la había cagado> cuando una monja salió repentinamente, como una mariposa enorme escapándose de un armario del mismo cuarto, y apretó al niño por los hombros, obligándole a dar media vuelta.
La mujer no se molestó en observar a Abraham un solo segundo, salvo antes de desaparecer tras el marco de la puerta.
Él quedó ahí de pie por minutos enteros, pensando, antes de ponerse a pasar coleto otra vez.
Meditaba lo que había visto, o –como quería él que así fuera- en lo que había creído ver: aquella mujer no tenía labios.




Fuente: Dross.com.ar
¿Quieres ver cómo continúa la historia? Entra acá: http://dross.com.ar/ValleDeLaCalma.htm

PD: Lo pongo acá para que lo lean y lo disfruten, si tienen algo que decirme que sea por MP por favor :D


Saludos a todos.
 
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#2
Se que este hilo estaba muertisimo, pero quería aprovechar a que esta literatura escrita por Dross no se encontraba por ningún lado, así que les dejo subido el Cuento de horror Valle de la calma como lo logre rescatar ya hace tiempo

Disfrutenlo

Valle de la calma.rar
 
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Se que este hilo estaba muertisimo, pero quería aprovechar a que esta literatura escrita por Dross no se encontraba por ningún lado, así que les dejo subido el Cuento de horror Valle de la calma como lo logre rescatar ya hace tiempo

Disfrutenlo

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[email protected], solo me registre para poder decirte GRACIAS!. Tenia años buscando esto, desde que Dross saco de linea su blog. Y desde antes habia retirado la historia (quizas ya veia mas factible su publicación). Ojala para el libro, cambie el final que no me termino de convencer, pero la primera parte del libro es puro amor. De nuevo GRACIAS!
 
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Se que este hilo estaba muertisimo, pero quería aprovechar a que esta literatura escrita por Dross no se encontraba por ningún lado, así que les dejo subido el Cuento de horror Valle de la calma como lo logre rescatar ya hace tiempo

Disfrutenlo

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[email protected], hace instantes Dross subió un video en youtube sobre el tema, quise encontrar datos sobre este libro y no di con nada, de milagro encontré este enlace que vos amablemente subiste, la verdad que yo también me registré solo para agradecerte de corazón lo que hiciste, tuve que registrarme desde otro mail porque curiosamente con el que uso generalmente no pude lograrlo, en fin... GRACIAS AMIGO :)
 
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#5
Hola, vengo a darte las gracias.

Seguro a estas alturas ya sabes que sí, efectivamente, Dross ha publicado esta historia. Pero como yo soy seguidor reciente, pues si me gustaría leer el primero de sus textos pues esa página suya a muerto. Gracias de nuevo.